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Frecuencia, semiología y pronóstico de la epilepsia infantil benigna

J. Ramos-Lizana, G. Martínez-Espinosa, M.I. Rodríguez-Lucenilla, J. Aguirre-Rodríguez, P. Aguilera-López   Revista 66(08)Fecha de publicación 16/04/2018 ● OriginalLecturas 3825 ● Descargas 693 Castellano English

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[REV NEUROL 2018;66:254-260] PMID: 29645068 DOI: https://doi.org/10.33588/rn.6608.2018060

Introducción. La epilepsia infantil benigna es un síndrome epiléptico sobre el que hasta ahora se ha publicado tan sólo un pequeño número de series de casos.

Objetivo. Estudiar la frecuencia, semiología y pronóstico de la epilepsia infantil benigna.

Pacientes y métodos. Los 827 pacientes con una o más crisis epilépticas no provocadas que consultaron en nuestro hospital entre el 1 de junio de 1994 y el 1 de marzo de 2011 fueron incluidos y seguidos prospectivamente. Se diagnosticaron de epilepsia infantil benigna los pacientes que cumplieron los siguientes criterios a los seis meses de evolución: una o más crisis focales o generalizadas, inicio antes de los 24 meses, ausencia de déficits neurológicos y electroencefalograma y neuroimagen normales.

Resultados. Cumplieron los criterios diagnósticos 77 casos (9%). La semiología de las crisis fue similar a la de otras crisis focales en niños menores de 24 meses. Un 25% de los pacientes permaneció como con crisis aisladas. Entre los de dos o más crisis epilépticas, la probabilidad de alcanzar una remisión inicial de tres años sin tratamiento antiepiléptico fue del 86%. En el subgrupo de pacientes con crisis focales sin antecedentes familiares, la probabilidad fue del 74%, y en cinco casos se detectó posteriormente un retraso psicomotor o discapacidad intelectual.

Conclusiones. La epilepsia infantil benigna es un síndrome epiléptico frecuente. La semiología de las crisis no es útil para caracterizar el síndrome. El diagnóstico de epilepsia infantil benigna a los seis meses de evolución implica un pronóstico razonablemente bueno, pero posiblemente no tanto como el de otras epilepsias autolimitadas de la infancia.

Diagnóstico Epidemiología Epilepsia Lactante Niño Pronóstico Calidad, Gestión y Organización Asistencial Epilepsias y síndromes epilépticos Neuropediatría

Introducción


En 1963, Fukuyama describió las convulsiones infantiles benignas, definidas como crisis tonicoclónicas generalizadas en lactantes menores de 24 meses, con etiología no sintomática, electroencefalograma (EEG) interictal normal y buen pronóstico [1]. En estudios posteriores se describieron pacientes con características similares, pero con crisis focales complejas y secundariamente generalizadas bajo el nombre de epilepsia parcial benigna del lactante [2,3]. Más tarde, Capovilla et al describieron los primeros pacientes occidentales [4], y Vigevano et al, casos familiares [5]. Finalmente, este síndrome fue reconocido por la Liga Internacional contra la Epilepsia (ILAE) en 2001 [6] e incluido en la clasificación de 2010 bajo los términos de epilepsia infantil benigna (EIB) y EIB familiar [7].

Hasta la fecha se ha publicado un pequeño número de series de casos de EIB que aporta información limitada acerca de este síndrome [8-15]. El objetivo de este estudio es investigar la frecuencia, semiología y valor pronóstico del diagnóstico de EIB a los seis meses de evolución. Se ha elegido este período porque representa un estadio precoz en la evolución de la epilepsia (cuando el valor pronóstico es todavía relevante) y, al mismo tiempo, permite disponer de más datos semiológicos y electroencefalográficos que posibiliten un diagnóstico más preciso.

En la actualidad no existe un consenso acerca de los criterios diagnósticos para la EIB. Todos los estudios previos requieren la ausencia de un déficit neurológico, así como una neuroimagen y un EEG normales. Sin embargo, difieren en la edad de inicio (menos de 12 meses en unos casos [9,13] y menos de 24 meses en otros [8,10-12,14]), el número de crisis (más de una [11-13] o más de dos [8,10,14]), o la inclusión [11,13,14] o exclusión [8-10,12,15] de las crisis aparentemente generalizadas. Con respecto a este último aspecto, conviene puntualizar que puede resultar difícil distinguir las crisis tonicoclónicas generalizadas de las crisis focales secundariamente generalizadas, debido a que los signos focales iniciales pueden pasar desapercibidos. De hecho, en las primeras series [3] se requirió un registro video-EEG para demostrar el origen focal de las crisis. Con respecto a la distinción entre casos familiares y no familiares, un problema adicional es que los antecedentes familiares de crisis similares pueden no ser recordados.

Recientemente se ha descubierto que la mayoría de los casos familiares portan mutaciones en el gen PRRT2 [16,17], el cual se ha asociado también a la discinesia paroxística cinesígena. No obstante, co­mo cabía esperar, la delimitación del síndrome tampoco es precisa desde un punto de vista genético. En cuanto al tipo de crisis, los pacientes portadores de la mutación pueden sufrir crisis focales o aparentemente generalizadas, lo cual apoya la inclusión de casos con ambos tipos de crisis [16]. En algunos casos con EIB familiar y mutaciones en el gen PRRT2 se han descrito características atípicas, como la presencia de déficits neurológicos o epilepsia grave en la edad adulta [18]. Estos pacientes no cumplirían los criterios habituales de EIB. En cuanto a la distinción entre casos familiares y no familiares, la mayoría de los casos familiares porta mutaciones en PRRT2 [16,17], pero algunos se asocian a mutaciones en otros genes [18], y se han encontrado mutaciones de novo en este gen en algunos ca­sos de EIB no familiar [19-21].

Por todas estas razones, en este estudio se ha decidido aplicar criterios diagnósticos amplios, incluyendo pacientes menores de 24 meses, con crisis aparentemente generalizadas, así como casos familiares y no familiares. En nuestra opinión, la proporción de pacientes que permanecen con crisis aisladas es un aspecto importante del pronóstico de la epilepsia, por lo que estos casos también se han incluido. No obstante, los pacientes con crisis aisladas y los que tienen dos o más crisis se han considerado independientemente para posibilitar la comparación con los estudios previos sobre el pronóstico de la epilepsia que han empleado la clásica de­finición de dos o más crisis separadas al menos 24 horas [22].


Pacientes y métodos


Definiciones y criterios de clasificación

  • Crisis epiléptica no provocada: crisis sin ningún factor precipitante próximo conocido. Múltiples crisis en un período de 24 horas se consideraron como un único evento [22].
  • Crisis epiléptica múltiple: más de una crisis en un período de 24 horas.
  • Crisis epiléptica aislada: una única crisis epiléptica no provocada en la evolución del paciente [22].
  • Cluster de crisis: crisis epiléptica múltiple o dos o más días consecutivos con crisis.
  • Clasificación etiológica de las crisis epilépticas: siguiendo las recientes recomendaciones de la ILAE, las crisis que afectan a un paciente con historia de un déficit neurológico de origen pre o perinatal o que ha sufrido una lesión neurológica previa –como una infección del sistema nervioso central, un ictus o un traumatismo craneoencefálico significativo– se consideraron estructurales. Este grupo incluye a los pacientes con retraso psicomotor global, discapacidad intelectual y parálisis cerebral [22]. Para los propósitos de este estudio, el resto de las crisis fueron clasificadas como no estructurales.
  • Remisión inicial de tres años sin tratamiento antiepiléptico: un período de remisión de al menos tres años sin crisis ni tratamiento antiepiléptico (con o sin recurrencias posteriores hasta el final del período de estudio). Se eligió este límite de tiempo porque se ha demostrado que el riesgo de recurrencia después de tres años de la supresión de la medicación antiepiléptica resulta muy bajo [23].
  • Epilepsia infantil benigna: se cumplen todos los criterios siguientes a los seis meses de evolución: una o más crisis no provocadas focales (con o sin generalización secundaria) o tonicoclónicas generalizadas, edad de inicio menor de 24 meses, ausencia de déficits neurológicos, neuroimagen normal y EEG interictal normal. La clasificación se hizo retrospectivamente con los datos disponibles a los seis meses de evolución.

El retraso psicomotor global se definió como un cociente de desarrollo por debajo del 70%, y la discapacidad intelectual, como un cociente intelectual menor de 70.

Selección de la cohorte


El Hospital Torrecárdenas es el centro de referencia de Almería, donde se encuentran el único servicio de neurofisiología y la única unidad de neurología pediátrica de la provincia.

Se incluyó prospectivamente a todos los pacientes menores de 14 años que consultaron en nuestro hospital por una o más crisis epilépticas no provocadas de reciente diagnóstico entre el 1 de junio de 1994 y el 1 de marzo de 2011. Se excluyó a los pacientes con crisis exclusivamente en el período neonatal, con errores congénitos del metabolismo o enfermedades neurodegenerativas. También se excluyó a los pacientes que habían consultado previamente en otros hospitales. Todos los casos fueron remitidos directamente por sus pediatras de atención primaria o consultaron en el servicio de urgencias del hospital.

El estudio fue aprobado por el comité de ética del centro y todos los pacientes otorgaron su consentimiento informado para la participación.

Evaluación inicial


A cada paciente se le realizó al menos un registro electroencefalográfico estándar. A todos los pacientes con más de una crisis y un primer EEG normal se les practicó también un EEG con privación de sueño. Se realizaron estudios de neuroimagen cuando se consideraron indicados.

Tratamiento


Generalmente los pacientes se trataron después de al menos dos crisis epilépticas, y se propuso la supresión del tratamiento tras dos años sin crisis.

Recogida de los datos semiológicos


La información sobre el EEG, la neuroimagen y la semiología de las crisis se recogió a los seis meses de la primera crisis para los pacientes con crisis aisladas y a los seis meses de la segunda crisis para los que tuvieron dos o más crisis. Para los pacientes que entraron en el estudio después de una primera crisis y sufrieron una recurrencia, los datos obtenidos a los seis meses de la recurrencia reemplazaron a los primeros. Estos datos se mantuvieron en un archivo separado, y el miembro del equipo que se encargó de su explotación (M.I.R.L.) se mantuvo ciego con respecto a la evolución posterior de los pacientes.

Seguimiento


Se siguió a los pacientes mediante entrevistas personales hasta el 1 de marzo de 2016, hasta que alcanzaron una remisión inicial de tres años sin tratamiento o hasta un máximo de 14 años.

Variables semiológicas


Se muestran las variables analizadas, resultantes de la sistematización de los datos obtenidos en la entrevista con los pacientes. No se empleó un listado predefinido de síntomas. Cuando la presencia de un síntoma no se indicaba en el archivo de datos semiológico, se consideró que éste estaba ausente.

Análisis estadístico


Se empleó como variable pronóstica la remisión inicial de tres años sin tratamiento. Los casos perdidos no fueron incluidos en el análisis.

Las comparaciones de la semiología de las crisis se efectuaron empleando el test de chi al cuadrado o el test exacto de Fisher. Los cálculos se realizaron con el programa SPSS v. 15.0.


Resultados


Frecuencia y características de los casos con diagnóstico de EIB a los seis meses de evolución


Durante el período de estudio se recogieron 827 casos con una o más crisis epilépticas (122 con crisis aisladas y 705 con dos o más). En 205 de estos casos las crisis se iniciaron antes de los 24 meses de edad (27 con crisis aisladas y 178 con dos o más crisis). Cumplieron los criterios diagnósticos de EIB a los seis meses de evolución 87 de los 205.

Con objeto de detectar los casos de solapamiento entre las epilepsias neonatales autolimitadas y la EIB, el inicio de las crisis en el período neonatal no fue en el presente estudio un criterio de exclusión a priori de EIB. Cuatro casos, todos ellos en el grupo con crisis focales no familiares, comenzaron con crisis en el primer mes de vida. Aunque las características clínicas son similares, hay pruebas genéticas de que los casos familiares de inicio neonatal y los de inicio más tardío son entidades diferentes. Ésta no es la situación en los casos no familiares, de modo que la distinción entre las crisis neonatales autolimitadas no familiares (o convulsiones neonatales benignas idiopáticas) y la epilepsia infantil benigna no familiar basándose únicamente en la edad de inicio es, en la opinión de los autores, un tanto arbitraria. Por esta razón se decidió incluir a estos pacientes en el grupo de EIB.

Por el contrario, 10 de los 87 casos habían tenido crisis predominantemente autonómicas. Aunque no presentaban los típicos hallazgos electroencefalográficos, las características de estos pacientes eran diferentes y sugestivas del síndrome de Panayiotopoulos. Estos pacientes fueron excluidos del grupo con un diagnóstico de EIB, que, por tanto, quedó finalmente constituido por 77 casos, 12 con crisis aisladas y 65 con dos o más crisis epilépticas (Tabla I). Si se tiene en cuenta la cohorte completa (n = 827), esto supone un 9% del total, tanto si se incluyen como si se excluyen los casos con crisis aisladas. Si se calcula la frecuencia de EIB entre el grupo de pacientes con inicio de la epilepsia antes de los 24 meses de edad (n = 205), ésta es del 38% si se incluyen las crisis aisladas y del 36% si se excluyen.
 

Tabla I. Casos con diagnóstico de epilepsia infantil benigna a los seis meses de evolución.
 

n

Crisis
aisladas

Cluster
de crisis

Tratadas

Edad de inicio (meses)

Mediana

Rango


Con historia familiar a

Crisis generalizadas

3

0 (0%)

3 (100%)

2 (67%)

6

5-7


Crisis focales ± generalizadas

10

1 (10%)

8 (80%)

9 (90%)

5

4-12


Subtotal

13

1 (8%)

11 (85%)

11 (85%)

5

4-12


Sin historia familiar a

Crisis generalizadas

22

7 (32%)

6 (27%)

10 (45%)

13

0-22


Crisis focales ± generalizadas

42

11 (26%)

26 (62%)

27 (64%)

8,5

0-22


Subtotal

64

18 (28%)

32 (50%)

37 (58%)

9

0-22


Total

77

12 (16%)

43 (56%)

48 (62%)

7

0-22


a Historia familiar de crisis epilépticas antes de los 24 meses de edad.



El número medio de registros electroencefalográficos obtenidos en estos 77 pacientes fue de 1,6 ± 0,8 (rango: 1-4). En todos los casos, las pruebas de neuroimagen (19 tomografías computarizadas, 58 resonancias magnéticas) fueron normales. Cuarenta y tres (56%) presentaron un cluster de crisis de 1-12 días de duración (Tabla I). La moda del número de crisis seguidas fue de 3 (rango: 2-98).

Se investigó si las crisis de los pacientes con EIB presentaban algún rasgo semiológico distintivo en comparación con otras crisis o epilepsias de inicio antes de los 24 meses de edad. Únicamente los pacientes con crisis focales son informativos a este respecto. En la cohorte, 109 pacientes presentaron crisis focales de inicio antes de los 24 meses. En la tabla II se muestra la semiología de estos 109 pacientes divididos en cuatro grupos: con crisis autonómicas no estructurales, EIB familiar, EIB no familiar y otras focales (el resto de los casos). Al comparar la semiología de las crisis en cada uno de los grupos con la de las crisis en el grupo con ‘otras crisis focales’ se encontraron varias diferencias relevantes, tres de ellas estadísticamente significativas en el grupo de pacientes con crisis autonómicas no estructurales (sugestivas de síndrome de Panayiotopoulos). En el grupo con crisis focales familiares no se encontró ninguna diferencia estadísticamente significativa. En el grupo con crisis focales no familiares, la única diferencia estadísticamente significativa fue una mayor frecuencia de disminución del to­no de los miembros.

 

Tabla II. Semiología de las crisis en los pacientes menores de 24 meses en el inicio de la epilepsia con una o más crisis focales, clasificados en cuatro grupos: con crisis autonómicas no estructurales, con epilepsia infantil benigna (EIB) familiar, con EIB no familiar y resto de los pacientes con crisis focales. Cada característica se consideró como presente cuando ocurrió al menos en una crisis durante los primeros seis meses de evolución. Se incluye a los pacientes con crisis aisladas.
 

Crisis autonómicas
(n = 10)

EIB
familiar
(n = 10)

EIB no
familiar
(n = 42)

Otras
focales
(n = 47)

n

%

n

%

n

%

n

%


Crisis aisladas

2

20

1

10

11

26

2

4


Etiología estructural

0

0

0

0

0

0

38

81


Sexo (varón)

2

10

4

40

21

50

28

60


Convulsiones febriles previas

1

19

0

0

2

5

5

11


Crisis en familiares de primer grado

1

10

10

100

1

2

2

4


Convulsiones neonatales

0

0

0

0

4

10

4

9


Crisis de más de 5 minutos de duración

6

60 a

0

0

8

19

10

21


Cluster de crisis

0

0 b

8

80

26

62

33

70


Afectación de conciencia

10

100

10

100

40

95

43

92


Versión cefálica u ocular

8

80

4

40

20

48

27

57


Emesis (náuseas, arcadas o vómitos)

10

100 b

0

0

0

0

2

4


Cianosis o palidez

4

40

2

20

2

5

8

17


Disminución del tono de los miembros

1

10

2

20

9

21 a

2

4


Aumento del tono de los miembros

4

40

2

20

9

21

4

9


Contracciones clónicas focales

2

20

1

10

9

21

18

38


Mirada fija

3

30

6

60

16

38

14

30


Automatismos

2

20

0

0

4

10

9

19


Más de la mitad de crisis durante el sueño

3

30

1

10

5

12

4

9


a p < 0,05; b p < 0,001 (en comparación con el grupo ‘otras crisis focales’).

 

Evolución de los casos con diagnóstico de EIB a los seis meses de evolución


Diecinueve de los 77 pacientes con EIB (25%; intervalo de confianza al 95%, IC 95% = 14-35%) permanecieron como crisis aisladas. Ninguno de ellos recibió tratamiento y en ninguno se detectó posteriormente un déficit neurológico. Cincuenta y ocho (75%; IC 95% = 65-86%) tuvieron dos o más crisis epilépticas. Se perdió el contacto con dos casos. El tiempo de seguimiento medio fue de 11 ± 5 años. Para este grupo, la probabilidad de alcanzar una remisión inicial de tres años sin tratamiento fue del 86% (IC 95% = 76-96%) (Tabla III). Se observó una tendencia a un peor pronóstico en los casos no familiares con crisis focales, si bien la diferencia no fue estadísticamente significativa. Se detectó posteriormente un retraso psicomotor/discapacidad intelectual en seis casos, un caso familiar con crisis focales, actualmente en remisión, y cinco no familiares con crisis focales, ninguno de los cuales ha alcanzado una remisión inicial de tres años sin tratamiento.
 

Tabla III. Probabilidad de alcanzar una remisión inicial de tres años sin tratamiento en los pacientes con un diagnóstico de epilepsia infantil benigna a los seis meses de evolución y dos o más crisis epilépticas. Los casos perdidos se excluyen del cálculo.
 

n

Perdidos

Remisión


Con historia
familiar a


Crisis generalizadas

3

0

3/3: 100% (29-100%)


Crisis focales ± generalizadas

9

0

9/9: 100% (66-100%)


Subtotal

12

0

12/12: 100% (73-100%)


Sin historia
familiar a


Crisis generalizadas

15

2

13/13: 100% (75-100%)


Crisis focales ± generalizadas

31

0

23/31: 74% (57-91%)


Subtotal

46

2

36/44: 82% (69-94%)


Total

58

2

48/56: 86% (76-96%)


a Historia familiar de crisis epilépticas antes de los 24 meses de edad.

 

Habida cuenta de que la decisión de excluir a los pacientes con crisis autonómicas puede ser controvertida, se calculó también la probabilidad de alcanzar una remisión inicial de tres años sin tratamiento incluyendo a estos pacientes. Dicha probabilidad fue del 84% (IC 95% = 75-94%).

Del mismo modo, la probabilidad de alcanzar una remisión inicial de tres años sin tratamiento fue exactamente la misma, tanto para el total de casos de EIB como para los casos del grupo focal no familiar, tanto si se incluyen como si se excluyen los casos con inicio de las crisis en el período neonatal.

Uno de los casos con EIB familiar desarrolló una discinesia paroxística cinesígena a los 11 años.


Discusión


En la actualidad no existe consenso sobre los criterios diagnósticos para la EIB. Los argumentos que soportan los criterios empleados en este estudio se comentan en la introducción. Los autores reconocen que estas decisiones pueden ser objeto de debate y, en consecuencia, los datos se presentan de modo que sea factible la reclasificación de los pacientes con diferentes criterios. En particular, se incluyen los casos con crisis aisladas, porque se ha considerado que la proporción de pacientes que permanecen como con crisis aisladas es un aspecto importante del pronóstico de las crisis epilépticas no provocadas. Este proceder está en consonancia con las recientes recomendaciones de la ILAE, que aceptan un diagnóstico de epilepsia en pacientes con una única crisis epiléptica y un síndrome epiléptico reconocible [24].

Un primer hallazgo, inesperado, de este estudio es que algunos pacientes que cumplen criterios de EIB presentan características distintivas, en particular crisis autonómicas, crisis más prolongadas y menor frecuencia de cluster de crisis. Además, la presencia de versión ocular o cefálica, cianosis, palidez y crisis durante el sueño es también más frecuente en estos casos, si bien la diferencia no alcanzó significación estadística (Tabla II). Aunque estos pacientes no cumplen los criterios diagnósticos de síndrome de Panayiotopoulos debido a la ausencia de los típicos hallazgos electroencefalográficos, es posible que una investigación electroencefalográfica más exhaustiva los hubiese puesto de manifiesto. En opinión de los autores, estas diferencias clínicas, sumadas a la imposibilidad de descartar con certeza el síndrome de Panayiotopoulos, justifican la exclusión de estos casos del grupo con EIB, aun cuando cumplen los criterios diagnósticos de EIB establecidos a priori. Este hallazgo sugiere la conveniencia de añadir un nuevo criterio diagnóstico pa­ra la EIB, esto es, la exclusión de los casos con otro diagnóstico sindrómico definido o probable. Otros autores que han estudiado previamente el tema no hacen referencia a este problema, lo cual puede ser debido a que han incluido estos casos como EIB, a que los signos vegetativos han pasado desapercibidos o a que no han encontrado en sus series a este tipo de pacientes [2,3,8,25]. La inclusión de estos casos como EIB supondría un ligero aumento en la frecuencia del síndrome, pero como se muestra en la sección de resultados, no tiene una influencia relevante en cuanto al pronóstico.

Con respecto a la frecuencia de la EIB, la comparación de nuestros resultados con los de estudios previos resulta compleja, debido al empleo de diferentes criterios diagnósticos. En todos estos estudios se excluye a los pacientes con crisis aisladas y se calcula la cifra sobre el total de casos con inicio de la epilepsia antes de los 24 meses. En uno de ellos, en el que, como en nuestro estudio, se incluyó tanto a pacientes con crisis focales como a pacientes con crisis aparentemente generalizadas, se obtuvo una cifra del 10% [11]. Con estos criterios, la proporción en nuestro estudio es del 36%. En otros tres estudios se excluyó a los pacientes que sólo habían presentado crisis aparentemente generalizadas, y se obtuvieron cifras del 7%, 11% y 29% [8,10,12]. En nuestro estudio encontramos 40 casos con estos criterios (Tabla I), lo cual supone una frecuencia del 22% de los menores de 24 meses con dos o más crisis. De este modo, la frecuencia de EIB es de las más altas registradas hasta la fecha, posiblemente como consecuencia de diferencias en las poblaciones estudiadas.

Los casos de este estudio con un diagnóstico de EIB y crisis focales mostraron características semiológicas similares a los descritos por otros autores: crisis breves, en sueño o vigilia, con frecuencia en clusters, con afectación de conciencia y mirada fija, versión cefálica u ocular, cianosis, palidez, aumento o disminución del tono de los miembros y, en ocasiones, automatismos o contracciones clónicas focales [2,3,8,25] (Tabla II). Si bien el número de casos es pequeño, no parece haber diferencias importantes entre los casos familiares y no familiares, con la posible excepción de una edad de inicio más precoz y más homogénea durante el primer año de vida, menos crisis aisladas y más clusters de crisis en los casos familiares (Tabla I). Más aún, la semiología fue muy similar a la observada en otras crisis focales de inicio antes de los 24 meses de edad, de modo que se confirma la noción de que este aspecto no es útil para definir el síndrome. Incluso los clusters de crisis, que suelen considerarse una característica típica de la EIB, son muy frecuentes en otras crisis focales (Tabla II).

En relación con el pronóstico de los pacientes con un diagnóstico de EIB a los seis meses de evolución, en este estudio se encontró que un 25% permaneció como con crisis aisladas, aspecto que no había sido estudiado previamente. Para los casos con dos o más crisis, la probabilidad de alcanzar una remisión inicial de tres años sin tratamiento fue del 86%. Aunque las diferencias no son estadísticamente significativas, en el grupo de casos no familiares con crisis focales la probabilidad de remisión fue tan solo de un 74%. Además, en cinco casos de este último grupo (ninguno de ellos en remisión) se detectó un retraso psicomotor global/discapacidad intelectual tras el diagnóstico. La comparación de estas cifras con las encontradas en estudios previos resulta de nuevo difícil, debido a las diferencias en los criterios diagnósticos. Dicho esto, en tres estudios previos, la proporción de pacientes que mantuvieron el diagnóstico de EIB al final del período de seguimiento fue del 73% [14], 76% [9] y 85% [13]. Considerando todos estos datos en su conjunto, podría concluirse que el diagnóstico de EIB implica un buen pronóstico, pero quizá no tan bueno como sería de esperar en un síndrome benigno, en particular en lo que se refiere a los casos no familiares con crisis focales. No obstante, tal vez esto no sea sorprendente si se considera que el síndrome carece de características definitorias en cuanto a semiología de las crisis o hallazgos electroencefalográficos. Los casos familiares de EIB pueden ser caracterizados por su historia familiar, pero, en cambio, no es posible descartar que los casos no familiares representen un grupo heterogéneo de pacientes que comparten un pronóstico favorable.

La principal limitación de este estudio es que, si bien los pacientes se siguieron prospectivamente, el diagnóstico se realizó de modo retrospectivo. Esto ha resultado inevitable, dado que la selección de la cohorte se inició en los años en los que el síndrome se estaba describiendo y no fue reconocido por la ILAE hasta el año 2001. No obstante, se ha intentado minimizar el posible sesgo que esto pudiera suponer cegando el diagnóstico con respecto a la evolución posterior de los pacientes.

En conclusión, la EIB es un síndrome epiléptico frecuente, sin características semiológicas distintivas con respecto a otras crisis focales en los niños menores de 24 meses de edad. El diagnóstico de EIB a los seis meses de evolución permite anticipar un pronóstico razonablemente bueno, pero posiblemente no tan bueno como el de otras epilepsias infantiles autolimitadas.

 

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Frequency, semiology and prognosis of benign infantile epilepsy

Introduction. Benign infantile epilepsy is an epileptic syndrome of infancy. Until now, only a small number of case-series
have been published.

Aim. To study the frequency, semiology and prognosis of benign infantile epilepsy.

Patients and methods. The 827 patients with one or more epileptic seizures seen at our hospital between 1 June 1994 and
1 March 2011 were included and prospectively followed. A diagnosis of benign infantile epilepsy was made in patients that
fulfilled the following criteria at six month of evolution: one or more focal and/or generalised seizures, onset before 24
months, no neurological deficit and normal neuroimaging and interictal EEG.

Results. 77 cases (9%) met the diagnostic criteria. Semiology of the seizures was similar to that of other focal seizures in
children under 24 months. 25% of the patients remained as isolated seizures. Among those with two or more seizures, the
probability of achieving a 3 year initial remission without antiepileptic treatment was 86%. In the subgroup of patients
with focal seizures without family history the probability was 74% and in five cases a global developmental delay/intellectual
disability was detected thereafter.

Conclusions. Benign infantile epilepsy is a frequent epileptic syndrome. Semiology of seizures is not useful to characterize
the syndrome. A diagnosis of benign infantile epilepsy at six month of evolution implies a reasonably good prognosis, but
possibly not as good as for other self-limited epilepsies of infancy.

Key words. Child. Diagnosis. Epidemiology. Epilepsy. Infancy. Prognosis.

 

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