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Emocionalidad y temperamento en el trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad

I. Alberdi-Páramo, A. Pelaz-Antolín   Revista 69(08)Fecha de publicación 16/10/2019 ● RevisiónLecturas 4612 ● Descargas 356 Castellano English

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[REV NEUROL 2019;69:337-341] PMID: 31588988 DOI: https://doi.org/10.33588/rn.6908.2019032

Introducción. Existe en el trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad (TDAH) una dificultad para dirigir las emociones para resolver retos o problemas. Esta alteración en la autorregulación emocional implica mayor discapacidad que las atribuidas a las dos dimensiones tradicionales, déficit de atención e hiperactividad, con un impacto notorio sobre el desarrollo de la personalidad.

Objetivo. Revisar cómo la confluencia de pobres habilidades de autorregulación, conciencia y autonomía emocional, y un perfil de temperamento determinado potencian el riesgo de los niños diagnosticados con TDAH para el desarrollo de una diversidad de problemas de ajuste en la infancia y la adolescencia.

Desarrollo. El perfil temperamental típico de los niños con TDAH se caracteriza por una alta reactividad emocional y pobres habilidades de autorregulación. Los efectos de la interacción de la emocionalidad y el temperamento en el TDAH pueden ser directos en el propio niño o indirectos sobre el entorno, de interacción por encaje o desajuste con las expectativas ambientales y transaccionales por su relación dinámica con otras características del entorno del menor.

Conclusiones. La confluencia de pobres habilidades de autorregulación, conciencia y autonomía emocional, y un perfil de temperamento con una búsqueda de la novedad más elevada y persistencia más baja potencian el riesgo de los niños diagnosticados con TDAH para el desarrollo de una serie de problemas de ajuste y adaptación en la infancia y la adolescencia.

Adaptación Autorregulación Conducta Emocionalidad TDAH Temperamento Neurología del Lenguaje y la Comunicación Neuropediatría Neuropsiquiatría

Introducción


El trastorno por déficit de atención con o sin hiper­actividad (TDAH) es una patología prevalente en atención primaria y consultas de salud mental y neurología infantil, aunque las cifras oscilan ampliamente en diferentes muestras. Esta variación, para Narbona [1], se puede explicar por la divergencia histórica de los criterios diagnósticos, la diversidad de instrumentos y de puntos de corte usados en cada estudio, por el entorno poblacional o clínico del que se extraen las muestras, por las variables socioculturales de cada entorno, y por la existencia de peculiares factores de riesgo neurobiológico y psicosocial en las distintas colectividades. El TDAH se caracteriza por niveles inapropiados de hiperactividad, impulsividad e inatención para la etapa de desarrollo. Dadas su manifestación temprana y su tendencia a la cronicidad, genera un gran impacto personal, familiar, académico, social y emocional [2].

Se puede entender el TDAH como un trastorno del desarrollo de las funciones ejecutivas, y destacan facetas como la memoria de trabajo, la planificación y organización, la iniciativa, la flexibilidad cognitiva, el control inhibitorio o la autoevaluación. En definitiva, existe una dificultad para dirigir el pensamiento, el comportamiento y las emociones para resolver retos o problemas [3,4]. Esta alteración en la autorregulación emocional implica mayor discapacidad que las atribuidas a las dos dimensiones tradicionales: déficit de atención e hiperactividad [5]. Las alteraciones en la regulación emocional tienen un impacto sobre el desarrollo de la personalidad [5,6].

Cloninger et al describen las distintas dimensiones de la personalidad, y distinguen entre carácter y temperamento [7]. Las tres dimensiones del carácter son la autodirección, la cooperación y la autotrascendencia. Las cuatro dimensiones incluidas en la descripción del temperamento son la búsqueda de novedades, la evitación del daño, la dependencia de la recompensa y la persistencia.

Varios estudios asocian el TDAH con una elevada búsqueda de novedades y una baja persistencia, autodirección y cooperación [8-11], y en adultos, con una elevada búsqueda de novedades y evitación del daño [8,12,13]. Es decir, parece que los niños diagnosticados de TDAH son más impulsivos y menos persistentes, con una autoestima más baja y que se sienten menos integrados, que los que no poseen dicho diagnóstico [8].

El objetivo de este estudio es revisar cómo la confluencia de pobres habilidades de autorregulación, conciencia y autonomía emocional, y un perfil de temperamento determinado potencian el riesgo de los niños diagnosticados con TDAH para el desarrollo de una diversidad de problemas de ajuste en la infancia y la adolescencia.
 

Emocionalidad y TDAH


La emocionalidad es, para la Real Academia Española, la cualidad de lo emocional o perteneciente o relativo a la emoción [12]. Para Sadock et al [13], la emoción es el estado de sentimientos complejos con componentes conductuales psíquicos y somáticos, y su manifestación externa es el afecto [14]. En el TDAH existe una dificultad para dirigir las emociones para resolver retos o problemas, por lo que podemos considerar que existe una impulsividad emocional [3,7,15]. No obstante, el conocimiento existente sobre las alteraciones emocionales presentes en el TDAH, sobre todo en relación con el correlato neuroanatómico, es todavía limitado [16].

La emocionalidad se conceptualiza y se estructura en conciencia, regulación y autonomía emocional. La conciencia emocional implica la toma de conciencia de las propias emociones, el poderles dar nombre y la comprensión de las emociones de los demás [17,18]. Es decir, respondería a las preguntas qué me pasa, por qué me pasa y para qué me pasa, aspectos en los que los niños con TDAH tienen dificultades.

La dificultad para comprender las emociones de los demás se relaciona con la empatía, y ésta, a su vez, con la cognición social. Los niños con TDAH muestran dificultades en la cognición social, que implica la codificación, representación e interpretación de las claves sociales, e incluye la percepción de las emociones a partir de la expresión facial y la prosodia, la teoría de la mente, la empatía y el procesamiento del humor [19].

La regulación emocional es la coordinación entre la emoción, la cognición y el comportamiento [20,21]. Incluye la expresión emocional adecuada, la regulación de la impulsividad, la tolerancia a la frustración, la perseverancia en el logro a pesar de las dificultades y el retraso de la gratificación [5]. Es decir, un déficit en la regulación emocional o, lo que es lo mismo, una falta de proporcionalidad se relacionan con la disfunción ejecutiva de los niños con TDAH, como la planificación o la organización de actividades [3,7,17]. Esta alteración en la autorregulación emocional implica mayor discapacidad que las atribuidas a las dos dimensiones tradicionales en el TDAH, déficit de atención e hiperactividad [5].

La regulación emocional también incluye habilidades de afrontamiento de emociones negativas con estrategias alternativas que mejoren su intensidad y duración, y autogenerar emociones positivas, que se refiere a buscar de forma voluntaria y consciente situaciones placenteras que las generen [17]. El déficit en las habilidades de afrontamiento y autogenerar emociones positivas se relacionan con la dificultad de ‘intervenir en las consecuencias’ de los niños con TDAH. Los déficits en autorregulación emocional pueden explicar algunos comportamientos de los niños con TDAH, como la conflictividad con sus padres y el rechazo social [7].

Dentro de la autonomía emocional se incluyen la autoestima/autoconcepto, la automotivación, la actitud positiva y la responsabilidad, que se relacionan con la autogestión. También con la autoeficacia emocional, que se refiere a la aceptación y legitimidad de las emociones propias, el análisis crítico de las normas sociales y la resiliencia para afrontar las situaciones adversas; estos tres aspectos se relacionan con la autoevaluación [17]. Los niños con TDAH suelen mostrar dificultades en la autogestión de sus emociones y en la autoevaluación.

La alteración en la emocionalidad se relaciona con el empeoramiento en la realización de las principales actividades del día a día en niños y adultos con TDAH [3,5]. La alteración de las funciones ejecutivas y de la regulación emocional tiene un impacto sobre el desarrollo de la personalidad [3].

Temperamento y TDAH


La tendencia actual es la explicación de la personalidad con modelos integradores de la interacción entre los aspectos biológicos y el ambiente. Un modelo que aúna distintas teorías previas en este sentido es el modelo de Eysenck [22]. Consta de tres dimensiones: dos (neuroticismo y psicoticismo) referidas a la disposición a sufrir trastornos neuróticos o psicóticos, y una tercera (extraversión) que explicaría el ti­po específico de trastorno neurótico o psicótico [23]. Otro modelo importante a la hora del entendimiento actual de la personalidad es el modelo de los cinco factores de McCrae y Costa. Estos cinco grandes factores, compuestos a su vez por diferentes rasgos, son el neuroticismo, la extraversión, la cordialidad, la responsabilidad y la apertura [24].

Cloninger et al proponen un modelo integrador biopsicosocial de la personalidad. Estos autores consideran la personalidad como un fenómeno multidimensional en el que resulta importante distinguir entre temperamento y carácter [8,9].

El carácter, de baja heredabilidad, se refiere a los procesos cognitivos que influyen en nuestras intenciones y actitudes, y es influenciable por factores ambientales (sociales, culturales, familiares y biográficos) [10]. Se define en términos del insight, la introspección o la reorganización de autoconceptos. Por consiguiente, el carácter puede entenderse como la forma particular de responder a los estímulos en función de los diferentes conceptos que las personas tienen de sí mismas [6,8,25].

Las tres dimensiones del carácter son la autodirección, la cooperación y la autotrascendencia. La autodirección se refiere al autoconocimiento, la autodeterminación, la fuerza de voluntad, la seguridad en uno mismo y el autocontrol. La cooperación describe la aceptación e identificación con los otros, el grado de empatía y la compasión. La autotrascendencia es el grado de identificación como parte del universo, y se relaciona con la creatividad, la imaginación y la capacidad del sujeto para aceptar la ambigüedad y la incertidumbre [8].

Por otro lado, el temperamento se refiere a las diferencias en las respuestas emocionales y en el comportamiento entre los individuos ante estímulos ambientales. Moderadamente heredable, se relaciona con emociones y respuestas automáticas a experiencias no influenciables, que se mantienen relativamente estables a lo largo de la vida [8].

Las cuatro dimensiones incluidas por Cloninger son búsqueda de novedades, evitación del daño, dependencia a la recompensa y persistencia. La búsqueda de novedades es la tendencia a una intensa excitación como respuesta a estímulos nuevos que lleva a una actividad exploradora, con reacciones que pueden llegar a ser impulsivas y extravagantes. La evitación del daño es la tendencia a responder de forma intensa ante estímulos adversos provocando una inhibición de ciertos comportamientos para evitar el castigo o situaciones nuevas y mostrar conductas de pesimismo, cansancio y timidez. La dependencia a la recompensa es la tendencia a mantener la conducta en respuesta a señales sociales, lo que hace que un individuo se muestre sentimental, sensible y sociable. La persistencia es la perseverancia a pesar de la fatiga. Es el afán por el logro, la ambición y el perfeccionismo [8-10].

Existen diversos estudios que correlacionan rasgos de temperamento y carácter con psicopatología. La investigación del temperamento en niños presenta una heredabilidad más elevada que la personalidad en adultos [26]. Varios estudios transversales han mostrado patrones específicos de temperamento en TDAH y categorías más amplias de problemas de comportamiento [8,11,27]. De forma general, los trastornos de conducta se han relacionado con puntuaciones elevadas en búsqueda de novedades y baja evitación del daño; los trastornos internalizadores, con elevada evitación del daño; y una baja autodirección, con cualquier psicopatología [28,29]. También se ha observado que la combinación de una baja puntuación en las dimensiones autodirección y cooperación del carácter se asocia con el riesgo de presentar un trastorno de la personalidad [10,11].

Considerando el TDAH, en varios estudios se ha asociado con elevada búsqueda de novedades y baja persistencia, autodirección y cooperación [8,11], y en adultos, con elevada búsqueda de novedades y evitación del daño [8,10,11]. A su vez, los niños con este trastorno parecen tener una peor autopercepción de las propias capacidades (intelectuales, deportivas, aspecto físico y aceptación social) con respecto a los niños de la misma edad [30]. La gravedad del TDAH, así como una baja autodirección, también se vinculan con un perfil desregulador objetivado según el cuestionario de evaluación del comportamiento del niño [31]. Es decir, parece que los niños diagnosticados de TDAH son más impulsivos y menos persistentes, con una autoestima más baja y que se sienten menos integrados que los que no poseen dicho diagnóstico [8].

Existe una importante comorbilidad entre los trastornos de la personalidad y el TDAH en el adulto. Irastorza et al [32] encuentran una alta comorbilidad con los tres clusters de la personalidad, y destacan cifras mayores que el 70% en el trastorno límite de la personalidad, el obsesivo y el narcisista, utilizando la entrevista clínica estructurada para los trastornos de la personalidad del eje II del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, cuarta edición.
 

Emocionalidad y temperamento en el TDAH


Diferentes artículos han identificado características emocionales y de la personalidad asociadas a los niños con TDAH como factores de riesgo para el desarrollo de problemas de ajuste en el entorno escolar [3,33] o en la edad adulta [2,5]. El perfil temperamental típico de los niños con TDAH está caracterizado por una alta reactividad emocional y pobres habilidades de autorregulación [3].

Genéticamente, se ha relacionado un aumento de la emocionalidad negativa y una baja prosocialidad con polimorfismo en la región promotora del gen trasportador de la serotonina (5-HTTLPR), gen relacionado con el TDAH, lo que aporta un correlato biogenético a la relación entre la emocionalidad y el temperamento en el TDAH [34,35].

Los efectos de la interacción de la emocionalidad y el temperamento en el TDAH pueden ser directos en el propio niño (de vulnerabilidad o de protección), indirectos sobre el entorno (condicionando el tipo de respuesta), de interacción por encaje o desajuste con las expectativas ambientales y transaccionales por su relación dinámica con otras características del entorno del menor [36-38].

Entre los efectos directos, las formas más extremas predisponen más fácilmente a síndromes posteriores. Una alta reactividad, asociada o no a otros rasgos, predispone a respuestas de tipo descontrolado y agresivo ante frustraciones. Por otro lado, una alta inhibición de conducta sería sinónimo de inhibición social [36-38].

Entre los efectos indirectos sobre el entorno, cada niño afecta al ambiente de una u otra forma, facilitando reacciones de otras personas. Los niños muy reactivos y negativos facilitan respuestas de castigo, lo que incrementa el riesgo de conductas agresivas. Por otro lado, los niños optimistas y curiosos facilitan respuestas de simpatía [36-38].

Los efectos de interacción por su ‘encaje’ o ‘desa­juste’ con las expectativas ambientales en un niño hiperactivo enmarcado en un ambiente constrictivo, es decir, con alta expresividad emocional o más estricto, tenderán más al desajuste. En cambio, en un ambiente más abierto, el ajuste puede encauzarse de forma más saludable y creativa. Que haya o no concordancia entre los propios rasgos temperamentales y una buena capacidad de control puede contrarrestar y encauzar la tendencia a la hiperactividad. Asimismo, el humor positivo permite manejarse mejor con la tendencia a la evitación [36-38].

Entre los efectos transaccionales por su relación dinámica y continua con otras características del entorno del menor se identifican el estado de salud, el nivel mental, el tamaño y la estructura familiares, los estilos educativos paternos y escolares, las características del ambiente cercano, el contexto cultural o circunstancias de estrés psicosocial, como enfermedad de los padres, pérdidas afectivas y situaciones de estrés agudo [36-38].

Las consecuencias de la interacción de la emocionalidad y el temperamento con el TDAH son que estamos ante niños muy reactivos al entorno, muy intensos emocionalmente en ambos polos, con dos registros: contentos o enfadados, muy insistentes e insaciables, y es típico el niño que acribilla a preguntas o a bromas sin darse cuenta de las consecuencias en el otro. Estos niños suelen estar poco motivados, salvo que el estímulo sea muy intenso y muy inmediato. En segundos pueden actuar como si no hubiera sucedido nada. Retrasan las tareas que requieren esfuerzo, abandonándolas de manera rápida, por lo que parecen muy desobedientes. Necesitan una gratificación inmediata y presentan baja tolerancia a la frustración, con reacciones de ira.
 

Conclusiones


La confluencia de pobres habilidades de autorregulación, conciencia y autonomía emocional, y un perfil de temperamento con una búsqueda de novedades más elevada y persistencia más baja (es decir, niños más impulsivos y menos persistentes) potencian el riesgo de los niños diagnosticados con TDAH para el desarrollo de una serie de problemas de ajuste y adaptación en la infancia y la adolescencia. Asimismo, se deben explorar las características emocionales de los niños con TDAH, más allá de la mera búsqueda de comorbilidades.

 

Bibliografía
 


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Emotionality and temperament in attention deficit disorder with or without hyperactivity

Introduction. Those who suffer from attention deficit disorder with or without hyperactivity (ADHD) find it difficult to direct their emotions in order to solve challenges or problems. This alteration in emotional self-regulation implies greater disability than that attributed to the traditional dimensions –attention deficit and hyperactivity– with an evident impact on the development of personality.

Aim. To review how the confluence of poor self-regulatory skills, emotion awareness and autonomy, and a particular temperament profile increase the risk of children diagnosed with ADHD for the development of a range of adjustment problems in childhood and adolescence.

Development. The typical temperamental profile of children with ADHD is characterised by high emotional reactivity and poor self-regulatory skills. The effects of the interaction of emotionality and temperament in ADHD can be either direct on the child himself or indirect on the environment, interactional by fitting or mismatch with environmental expectations, and transactional due to their dynamic relation with other characteristics in the child’s environment.

Conclusions. The confluence of poor self-regulation skills, emotion awareness and autonomy, and a temperament profile with a higher novelty seeking and lower persistence increase the risk of children diagnosed with ADHD for the development of a series of adjustment and adaptation problems in childhood and adolescence.

Key words. Adaptation. ADHD. Behaviour. Emotionality. Self-regulation. Temperament.

 

© 2019 Revista de Neurología

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